homenaje a rafael oliva

del 13 de enero al 6 de febrero de 2005
organiza: fundación díaz-caneja

 

UN AMIGO NECESARIO

 

Antonio Buero Vallejo decía de Miguel Hernández que era un poeta necesario. Para mí, Rafael Oliva era un amigo necesario. Y este homenaje pone en evidencia que no lo era sólo para mí.

 

Y es que Oliva (¿quién le llamaba Rafael?) tenía el don de ubicuidad. El diccionario dice que la cualidad de “ubicuo” “se aplica a lo que está en todas partes. En particular a Dios”. Es difícil testificar que Dios está en todas partes. (Al contrario, parece que se le ha echado  de menos en muchos sitios: desde Auschwitz a Haití pasando por Rwanda). Con Oliva no era necesario darse cita. Bastaba con sentarse en un café y esperar a verlo entrar o pasar por la calle.  Se diría que todo Palencia le ofrecía una dimensión casera: las calles eran para él meros pasillos domésticos. Y los bares y comercios, otras tantas habitaciones.

 

Este don de ubicuidad lo mantenía vigente tanto de día como de  noche.

 

Me explico:

 

Mi amistad con Oliva ha sobrepasado el medio siglo. La mitad ha transcurrido  durante horas de convivencia diaria. La otra mitad, por imperativo geografico, solamente durante mis visitas a España. El tren de regreso  me dejaba en  la estación a las dos de la mañana. Yo nunca anuncié mi llegada a Oliva. ¿Para qué? La primera persona conocida con que me encontraba en la Calle Mayor era él.

 

“¿Te llevo la maleta?”  -se me ofrecía indefectiblemente. Yo no había dado muestras de cansancio pero Oliva no esperaba a que alguien le pidiera echarle una mano en lo que fuera. Su generosidad era proverbial. En particular despilfarraba su tiempo en provecho ajeno. Si el tiempo es oro, como se dice, la munificiencia de Oliva en este terreno era ilimitada. Paralelamente, derramó su talento a manos llenas. Realzó con su arte la obra poética de los más importantes poetas palentinos sin la menor compensación económica. Y no sólo prestó servicio a la poesía.  Pocas empresas culturales se vieron privadas de su apoyo.

 

A fuerza de insertarse en  la cultura local se le puso cara de Cristo del Otero. De perfil, sobre todo.  Esta identificación con el emblema de Palencia terminó acarreándole en el Ayuntamiento la concejalía de cultura. Bien merecido tuvo el nombramiento: si la escultura de Victorio Macho ocupa el cerro del Otero, Oliva ha implantado  su magnífico mosaico, deliciosamente modernista, en los mismísimos Cuatro Cantones.

 

Rafael Oliva odiaba la ceremonia artificial y huera. Al horror de un rígido convencionalismo prefabricado añadía un pudor expresivo que le obligaba a poner sordina a toda manifestación externa de afecto. Pensaba seguramente, como Cocteau, que “no existe el amor teórico sino los actos concretos amorosos”. Este homenaje es uno de ellos.

 

La mayoría de los que contribuyen a él deben sin duda estar pensando: “un solo ser te falta y todo Palencia queda despoblada”.

 

Despoblada, sí, pero no vacía.

 

Eutimio Martín