adolfo revuelta

del 29 de agosto al 17 de septiembre de 2006
organiza: fundación díaz-caneja

 

Desde la humildad del genio, Adolfo Revuelta, con los ojos bien abiertos, mira a su alrededor para ver lo que otros no vemos. Luego los cierra y, en un recorrido interior, indaga en el subconsciente colectivo donde habitan los mitos y los viejos dioses y percibe lo que los demás no percibimos. Indaga entre las ruinas de la Historia, pecios que el mar arroja a la playa del tiempo. Hurga en los olvidados baúles   de la memoria y va sacando de ellos esos objetos inútilmente imprescindibles que creemos olvidados, para hacer de ellos exposición pública y recordarnos que  nada –y mucho menos los viejos mitos- es inútil, que en el curso cíclico de la existencia todo es un volver a empezar, aunque partamos de materiales en apariencia deleznables.

 

De esos materiales es de donde Adolfo sabe extraer como nadie la esencia común que une a todo lo que existe, el rescoldo, la gota, el aliento, el mínimo meteoro –aire, tierra, agua, fuego- que da vida a lo inerte y es, dicho con palabras de hoy, el ADN común de todos los hombres.

¿Y cuáles son sus herramientas?. Basta con registrarle los bolsillos para encontrarlas. A saber: un trocito del hilo de Ariadna, el ojo perdido de Polifemo, cera derretida de las alas de Ícaro, un plano  mano alzada del laberinto de Creta, el último rescoldo del fuego que Prometeo le robara a los dioses, la pócima más secreta de Circe, un vinilo donde se almacena el canto más dulce de las sirenas de Ulises, un puñado de óbolos de cobre, la máscara de Atreo, cuatro guedejas del vellocino de oro, dos remos del Argos y una agenda con los teléfonos de todos sus amigos.

 

Así cualquiera, dirán algunos. Y sin embargo, como el sabio cínico Diógenes de Sinope, al que Alejandro Magno ofreció todas las riquezas que pudiera desear, Adolfo Revuelta prefiere habitar en un barril donde nadie le tape el sol, depender de las estaciones, vivir al albur de lo que los dioses dispongan, ser dueño de sí mismo, lo que no es poco capital, y repartir gratis su genio a aquellos mortales que estemos dispuestos a recibirlo, hasta que Caronte atraque a la orilla de un río que se sigue llamando Nubis y le invite a cruzar la Estigia en un viaje sin retorno.

 

Mientras tanto, Adolfo crea y nos regala su obra para que todos podamos contemplarla con recogimiento, como quien penetra en un lugar sagrado.

 

Y todavía sale el sol cada mañana.