caneja, sus contemporáneos, sus amigos, su estela

del 1 de enero al 12 de febrero de 2006
organiza: fundación díaz-caneja

 

Desde su recuperación por la generación del 98, el paisaje castellano en su esencia austera se convirtió en un símbolo de un nuevo y rehabilitado espíritu. A lo largo del pasado siglo, una corriente paisajista propia atraviesa el panorama artístico como uno de los puntos de encuentro de nuestra pintura. Perdiendo progresivamente su inicial carácter regenerador y moral, pero manteniendo siempre su unión con la limpidez espiritual, las imágenes de Castilla y León son reflejo de un carácter severo, riguroso, sencillo y sin alardes propio de nuestra tierra.

 

Caneja fijó para siempre en nuestra memoria la imagen prototípica de nuestra naturaleza, campos fragmentados en su interior que ocupan toda nuestra visión, porque él identificaba Castilla y León con la tierra, con el quehacer diario que construye nuestra historia. Al cumplirse el centenario de su nacimiento era imprescindible para nosotros recordarlo y conmemorarlo. Caneja, sus contemporáneos, sus amigos, su estela forma parte de los actos conmemorativos celebrados durante el 2005, con la peculiaridad de dar cuenta de su figura y su obra desde su contexto.

 

Como pintor de un solo paisaje desde su exilio interior palentino tendemos a mistificar la figura de Caneja convirtiéndolo en un personaje aislado. Gracias a la visión que Juan Manuel Bonet nos ofrece, partiendo de los fondos tanto artísticos como bibliográficos que componen su magnífico legado custodiado en la Fundación Díaz-Caneja, obtenemos una percepción mucho más rica y, por supuesto, más ajustada del que fue el primer galardonado con el Premio Castilla y León de las Artes.

 

Su formación antes de la Guerra Civil en la escuela de Vázquez Díaz y su relación con sus condiscípulos de taller, el contacto con las vanguardias históricas de la época y la reelaboración que de ellas hace integrado en la escuela deVallecas, sus penurias en la posguerra, que a pesar de todo no le hacen perder contacto con amigos en España o en el exilio, y el perfeccionamiento de su visión del paisaje castellano en clave postcubista y finalmente, como no podía ser de otro modo, su influencia formal o espiritual en creadores coetáneos y en otros actuales, nos acercan a Juan Manuel Díaz-Caneja de modo íntimo y más allá de su propio tiempo, como en el caso de los más grandes artistas.

 

Es gratificante observar cómo la figura de Caneja adquiere una nueva dimensión y cómo se agranda en su influencia y se enriquece en sus relaciones. De la mano de estos paisajes nos acercamos a nuestra naturaleza humana con una austeridad y una precisión que nos conmueve.