david bermejo. fotografía.

del 2 de octubre al 1 de noviembre 2009
organiza: fundación díaz-caneja

 

Cuando un creador necesita exponer su obra, en el fondo, está invitando a otros para que la conozcan, se la apropien y participen de una reflexión personal. La respuesta a tal invitación es difícil de cuantificar y casi siempre llega como un eco incierto e inesperado.

Tras la obra siempre late la biografía, las huellas en el camino de los días que pasaron y de los que nunca van a llegar, es decir, ilusiones, desasosiegos y alguna esperanza.
 
Reflexión y biografía de D. Bermejo en cuatro series como cuatro cangilones de la noria que van vertiendo y llenándose uno a otro al ritmo de un trabajo lento, persistente y fructífero desde la primera vuelta hasta hoy.
 
El fotógrafo vive de sus fotografías o para sus fotografías. Una preposición, como el filo de una navaja, marca la delicada línea que separa algo tan impreciso como son las etiquetas o clasificaciones de “fotografía profesional” (“de”), “fotografía amateur o de aficionado” (“para”),  solapándose hoy en día una y otra en la tan llamada “fotografía de autor”. La primera, la profesional, sería, fundamentalmente, una fotografía mediatizada, las otras una reflexión sobre sí misma o una reivindicación del mundo individual de su creador. David Bermejo, profesional experimentado en la fotografía y su docencia, sobre todo en la fotografía como instrumento publicitario, da la espalda a los demás y reivindica su propia mercancía, su reflexión y su particular manera de inventar un mundo.
 
Si aun siendo cierto lo que dice Cortázar al afirmar que entre las muchas maneras de combatir la nada una de las mejores es sacar fotografías, no lo es menos  que antes de empezar a sacar esas fotografías tiene que haber un impulso que te lleve precisamente a la fotografía y no a las carreras de caballos o a la fabricación de peces de colores, por ejemplo. Y para un fotógrafo en ciernes, o que no tenga nada que hacer, hay un estado inicial, impulsor y catastrófico que es el de la fascinación.
Fascinación como resultado al contemplar la obra acabada (las grandes dimensiones, el color, la limpieza, la vida contra la pared...) y sobre todo la fascinación en el inicio, es decir, ante la técnica y sobre todo ante el objeto buscado o encontrado, que para el caso es lo mismo, y convertido en negativo del ánimo y del alma, signo del vivir y del pensar del creador, del fotógrafo. En esta exposición, en sus fotografías, late la nada, claro, (toda la Serie2, por ejemplo) pero también la fascinación. Y la deuda con lo aprendido, con otras imágenes que deslumbraron en los inicios y de las que permanecen los rastros y las huellas para convertirse en el humus originario del nuevo creador.
 
Por el propio cuerpo fragmentado (Serie1), troceado y marcado en las partes que forman el instrumento de trabajo del fotógrafo (“Mi patria en mis zapatos, mis manos son mi ejército”, Q. Portet / M. García) se asoman los despieces y monstruosidades que J. P. Witkin dejó en los ojos y paredes de D. Bermejo.
 
Publicidad que un día fue, después nada, para convertirse en rastro y revisión/reflexión propia. Esta es la serie ( Serie2 ) nombrada con el mismo título de la exposición de I. Penn en el Metropolitan Museum de Nueva York el año 1977. Deudas con la vida y purezas de la nada.
 
Lo fugazmente humano, nosotros, vestidos sin rostro, rojos camuflados de deseo, pasiones lejanas e imposibles, marcas del más allá... Toda la Serie 3 es como destellos del ir y venir de la moda, los carteles, catálogos, irisaciones y fugacidad. Quizás la nada, otra vez, de Cortázar.
  
J. Koudelka hizo la fotografía 5:48 a.m.de la Serie 4 hace ya muchos años. El tiempo amarillo que envuelve las ciudades y los relojes. Como los sueños.
 
Hoy son tiempos de hibridación, de photoshop, de camuflaje, de dominios y de pocas certezas. Una de ellas es la que nos enseña la historia, como siempre: aquello que hoy es referencia obligada, estilo imperante, cotización estelar, mañana será lejanía de archivo y nada más. Permanecerán los referentes necesarios que uno encuentre y la fascinación que provoquen las imágenes de una exposición que como dice la canción “la encontré en la calle”.
Es tiempo de otoño en los campos de Castilla, en los cuadros de Caneja. Son los días de una luz recién estrenada, la luz que presagia la tristeza si no la melancolía. Envueltas en esta luz cuelgan en el blanco mínimo de la Fundación Díaz Caneja las fotografías que un día fueron empeño y hoy son logro, testimonio y reparto de reflexiones y también contemplaciones.
 
Miguel Martín