64 Félix de la Vega y Ángel Cuesta
del 26 de agosto al 19 de septiembre 2010

organiza: fundación díaz-caneja

 

 

Exposición ajedrez de Ángel Cuesta

 

Todo hecho artístico supone una estrategia de trabajo técnico y elaboración intelectual que nos hace descartar determinadas líneas de actuación teórico-prácticas en favor de otras, generalmente determinadas por la reflexión meditada del artista, aunque siempre quede un margen más o menos amplio para la intuición y el gesto.

 

      

 

En ese sentido, el proceso artístico tiene numerosas similitudes de fondo y forma con el ajedrez, donde cualquier movimiento, premeditado o azaroso, supone un cambio radical en todo lo que vendrá después.

 

Las combinaciones posibles de desplazamiento de las distintas fichas por las sesenta y cuatro casillas y las numerosísimas variantes que se producen cada vez que actuamos sobre ellas, son tan numerosas, que podrían equipararse al infinito, lo que igualmente sucede con cualquier decisión práctica del artista enfrentado a su obra. Un gesto mínimo provocará un verdadero efecto mariposa, de consecuencias no siempre previsibles.

 

       

 

Ahora bien: de poco serviría teorizar si no pudiésemos poner algún ejemplo práctico y para mí uno de los más ilustrativos es el de Ángel Cuesta. Nadie como él para dar la imagen el artista cambiante y polifacético, practicante de nuevas aperturas porque nunca se ha conformado con los logros conseguidos.

 

Por eso su pintura es como un gran tablero de ajedrez, siempre la misma y siempre distinta, pues lo característico de Cuesta es que haga lo que haga, su obra con frecuencia tan diferente, suele ser a la vez reconocible gracias a los toques personales que desde el cuadro nos están explicando a gritos su autoría.

 

       

 

Y en esta ocasión, rizando el rizo, se atreve con un tema que él no dominaba en absoluto, pero ahí está el gran reto del artista, en sacar petróleo de donde aparentemente no lo hay. Esta exposición da fe de ello y añade una nueva casilla al tablero de trabajo de un pintor que desde hace años no ha hecho dos exposiciones iguales porque, cuando no cambia de estilo cambia de técnica o de tema a desarrollar o amalgama unos y otros para obtener algo distinto y alcanzar el objetivo último de su trabajo, que no es otra cosa que la obra de arte.

 

       

 

El artista inicia sus partidas simultáneas planteando la jugada inicial. Ahora somos los espectadores quienes debemos mover ficha.

 

Julián Alonso
 

 

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El ingenioso pintor D. Félix de la Vega altera las reglas del ajedrez

 

Es vano decir, y con varia fortuna conocido, que en tierra de moros y en los dominios del Gran Khan, se celebra de muy antigüo un juego en el que dos contendientes hacen gala de su discurso e ingenio en el ejercicio de la guerra y estrategia, disponiendo cada cual sobre un tablero de ejército propio y opuesto color, y cuyo afán discurre peleándose como gentes poco cristianas, persiguiendo la derrota del enemigo a fuerza de hostigar sus fortalezas, robar su ganado, raptar a la reina y atosigar al rey.

 

 

Hechos muy reprobables todos ellos y alejados de las reglas honrosas de la antigua caballería, donde la vida del paladín era entrega para deshacer agravios, socorrer doncellas, combatir endriagos, amparar viudas y consolar huérfanos y menesterosos, salvando la avenencia con briagos y maleantes.

       

 

Como pareciera que el sino de la humana condición es el pasar la existencia peleando entre si, a D. Félix dióle por cavilar que las batallas no se libran en ajenos escenarios, sino dentro de cada cual. Y de tan buenas partes, acometió la ingente tarea de cambiar los usos del juego de ajedrez, cumplida representación de los órdenes que rigen la vida.

  

 

Podrán advertir vuesas mercedes, que con tan buen ánimo han llegado a este aposento donde las hijas de Nemosina tienen su terrenal cobijo, que los seres que posan en estos muros, los unos de rostro huraño, los otros de gesto inocente o bobalicón, perplejos, sosegados, burlones, advertidos, o esquivos, no son huestes belicosas, soldados de germanías, ni bravucones, sino ejército ensimismado que, sin mengua en su ánimo, hacen por acomodarse, acogidos a sagrado, a sus propias cuitas y pensamientos, y con escaso denuedo que perder en ajenas escaramuzas.

      

 

Así como ballestero malo a los suyos tira, éstos, al contrario, entréganse al silencio y a la pacífica contemplación, bajo la advocación de los santos que custodian nuestras iglesias más principales, sin llamarse andana frente a los designios de la voluble Fortuna y los inesperados hados.

 

   

 

Como supongo a vuesas mercedes gente de mundo y avisada condición, no habrán tardado en apercibirse de ese grupo de insignificantes hombres o enanos, sin duda hechizados por algún extraño encantamiento, que, al contrario que sus sosegados hermanos de armas, pugnan entre sí endemoniados, en una torre de las llamadas de asalto y cuya usanza es tristemente común en la ingrata guerra.

       

 

En este sueño que es la humana existencia es gloria vana de los hombre menguados asaltar la ajena fortaleza, buscando aumentar honra y hacienda, en merma de la del prójimo, terminando las más de las veces en el error y el infortunio, por buscar bulla donde no se debe y huir de donde no se puede.

 

Estos son los prodigios que sucedieron en la muy antigua ciudad de Palencia el dia 26 del mes de Agosto del año de nuestro Señor de 2010, festividad de San Melquisedec Rey , Patrón de Justas y Torneos, según cuenta el bachiller Jesús Aparicio.

 

Jesús Aparicio
 

 

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Mil años de ajedrez tangible por Abbé Nozal

 

En el año 1010, hace ahora justamente mil años, el conde Armengol I ordenó en su testamento -primera referencia escrita de la existencia del ajedrez- que legaba su tablero y sus piezas al convento de Sant Egidi. Mira tú por donde nosotros, que habitualmente dejamos nuestro tablero y nuestras piezas de ajedrez en el bar “Las Cepas” o en la cafetería del Hotel Castilla, nunca habíamos considerado la posibilidad de enriquecer el ajuar de Sant Egidi… o el de San Antolín, santo más cateto y sin convento, aunque igual de inverosímil.

 

Cito el dato de Armengol I para traer por los pelos un último e inútil descubrimiento, cual es que el ajedrez y el santoral sólo pueden coexistir en el anaquel de algún convento si medió donación intervivos o legado post mortem. Y esto es así porque el juego del ajedrez espabila algunas neuronas matemáticas que no riman bien con el cálculo esotérico de imanes, obispos y rabinos. Baste recordar al ínclito Jomeini prohibiendo a sus huestes la práctica del ajedrez por considerarlo contrario a las cruentas enseñanzas de su libro sagrado.

 

En Ayatolandia, si te sorprenden jugando al ajedrez, lapidan a la dama en tu presencia y a ti te cortan la mano del enroque; en Episcopalandia, donde afortunadamente la religión católica muta a mitología a velocidad vertiginosa, rememoran con nostalgia los tiempos pasados, cuando te quemaban por mover los peones con desgana, previa excomunión, acusado de brujería en el instante mismo del P4R. Todavía hoy no existe clérigo alguno capaz de enfrentarse al ajedrez, más allá del jaque pastor, sin que sufra merma su fe o ponga en riesgo su humanidad. Resumiendo: no es posible juntar ajedrez y santoral, salvo en pintura, o en los fondos del museo etnográfico, junto a otras reliquias de Armengol I.

 

Y en el museo habrán de convivir sanantolines, peones, alfiles y santegidis inertes, al lado de algunos cuadros honorables, como The Chess Players, primer ajedrecero pintado en 1490. Tableros y más tableros contando historias de reyes y damas y defensas y ataques y celadas y muertes horribles, anticipadas hasta en nueve movimientos, sobre 32 cuadros blancos y otros 32 cuadros negros -puro Lorca recitado.

 

“El ajedrez es el arte de la razón humana”, parece ser que dijo alguna vez Gustavus Selenus, Duque de Brunswick, allá por el año de gloria de 1616, sin reparar en que, al firmar como Duque, perdía buena parte de la razón que esgrimía. Pero sí, pelillos a la mar, digamos que es la razón la que mueve las piezas, aunando intuición, perspicacia y visión de estratega. La razón a modo de batuta que moviera tales valores de manera conjunta, como en una batalla sinfónica.

 

Desde que testó Armengol I -yo, el conde, así lo ordeno-, muchos esclavos aprendieron a ser libres jugando un ajedrez rastrero, hecho con piezas de trapo y sin brillo de academia. Borges, gran aficionado al ajedrez, describió el modo en que dibujaban la cancha en la arena, inventándose cuadros blanquinegros, y cómo las piezas las modelaban en el aire, las torres enormes, los caballos sutiles, las damas bobas.

 

Bobas, sí, fueron las damas hasta que Alfonso X el Sabio -qué presuntuosa etiqueta para la historia- , las hizo listas, hábiles, poderosas, de caminar rectilíneo o zarpazo diagonal. O quizá fuera Alfonso XI -no sé decir, no estuve allí, era el año 1283- quien habilitó para siempre a la dama en el gran códice “Libro de los Juegos de Ajedrez, Dados y Tablas”. Pocas variantes hasta hoy, en este magnífico juego donde se da muerte a un rey en cada partida.

 

Por aquel entonces, cambiar la alferza –pieza que acompañaba al rey con la lentitud de una mula- por una dama vivaracha y poderosa, era considerado tecnología punta. Y España supo exportar esa tecnología al mundo entero, sin patentes ni contrapartidas, sin rascar dividendos, con generosidad. No estaría de más que el ajedrez actual reconociera aquel alarde español, ahora que la tecnología recala en Silicon Valley y después de que HAL9000 –el ordenador de la nave de “2001 Odisea del Espacio”, Stanley Kubrick- se impusiera a Frank Poole en la primera partida de ajedrez orbital.

 

Mientras el decurso temporal de la historia del ajedrez fue comiendo el tarro a ilustres jugadores, no menos ilustres artistas fueron retratando el evento, fascinados por el bad romance que Lady Gaga les mete en hifi hasta el fondo del cerebro a los combatientes, absortos en el tablero con el devenir de una dama blanca que acabará haciendo fosfatina a un rey negro, o viceversa. Ver video. Game over.

 

La poca memoria gráfica que me queda –la otra, ya olvidada- me pone delante las fotos ajedrezadas del inefable Chema Madoz, de impolutos contrastes y descomunal ingenio; o las magníficas tallas de Edward Bird en madera de nogal; o las piezas resueltas con tornillos y palomillas de acero que exhiben permanentemente en la impronunciable Gelería de Arte Brockstedt, de Hamburgo; o el tablero de cerámica de Meissen; o las piezas de ajedrez naif africano, negras frente a casi negras en madera de acacia; o las talladas en marfil, cuyos reyes montan balconada sobre el elefante que los parió; o aquellas otras rescatadas del ámbar, o del aguamarina, o del lapislázuli; o del mármol de carrara, como las que homenajean el enfrentamiento de “Napoleón contra Friedrich Wilhem III”, allá por 1820; o de miles de enjutas piececitas imantadas que deben su origen al afán de un juego volatinero que nació para ser reposado pero esconde una enfermiza pasión por los viajes interprovinciales, interregionales, internacionales. Y desde hace algunos lustros, también internet: la salsa, el foro, el ámbito destino, la figuración avatar, la virtualidad.

 

Mil años, pues, dándole al ajedrez forma, humanidad y geografía, aproximando una definición políticamente correcta entre deporte, ciencia y arte. Un pijada. El ajedrez sólo es ajedrez, sólo es una cosa, 32 piezas, 64 cuadros. Tangible como un pensamiento lineal, fotografiable, filmable, esculturable, exponible hasta la inflación, pintable. Lo saben dos sabias paletas palentinas, de geometrías ocres una, de tibios matices la otra, en manos de Ángel Cuesta y Félix de la Vega, respectivamente, pintores que miraron al ajedrez desde el contraluz de Las Cepas, donde algunos viciosos nos batimos el cobre sobre el plástico laminado del tablero b/n federativo y el plástico molde de la peonada, y dijeron, sin más, hay que hacer uno nuevo. Y lo hicieron. Y el resultado es esta exposición que prologo, una bestialidad casi carne de ladygagas futuristas y torres voladizas medievales. Si Armengol I levantara la cabeza y pudiera ver el zafarrancho plástico que han montado estos dos buenos amigos, sabría que su testamento mereció la pena, a pesar de sant Egidi.

 

Napoleón, antes de perder su imperio, perdió una partida de ajedrez con el autómata patrocinado por Wolfgang Von Kempelen, del que se decía que había comprado al Demonio un espíritu superior para animar a la máquina. Nos lo desvela con lógica analítica el escritor Jesús Alonso Burgos, en su libro “La familia del Dr. Frankenstein”, trazando el mapa intelectual de un período histórico en el que un autómata –al que llamaban “el Turco” porque le habían adornado con un turbante- jugaba partidas de ajedrez lucrándose del espectáculo y derrotando a ilustres personajes de la época, Napoleón por tres veces incluido.

 

Félix de la Vega le pone turbante a una de sus figuras e intercambia dominio con Ángel Cuesta, quizás emulando al autómata, que fue primero de Van Kempelen y más tarde sería de Nepomuk Maelzel, con quien viajó a Nueva York en 1825 para hacer fortuna.

 

Sin embargo la fortuna que harán Ángel y Félix no les vendrá precisamente del juego del ajedrez, sino de la esencia misma de su arte, cualificado y determinado, carente de pactos satánicos y alejado por completo del circo del espectáculo o de las tramas mediáticas del marketing comercial.

 

Contemplo reunidas todas estas obras y, al poco, presto atención y escucho una música con aroma a naftalina: La Batalla Sinfónica, compuesta por Ludwig Van Beethoven por encargo de Maelzel para aquellas partidas de ajedrez que pudiera celebrar El Turco. Una sinfonía que suena rotunda en esta exposición, como si le perteneciera por derecho propio, sin reparar que detrás de los caballos se esconde la SGAE disfrazada de metrónomo, marcándonos el ritmo interno.

 

Pero la música nos lleva por donde quiere, salta océanos y calendarios y, de pronto, sin saber por qué, nos pone frente a un joven Jorge Luis Borges, que tituló “Ajedrez” a un soneto cuya última estrofa dice:

 

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.

¿Qué dios detrás de dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonía?

 

Me he quedado un rato pensando, como hago en esos momentos en los que parece intuirse el jaque mate y he dado con la respuesta: ¡La gallina!

 

En fin, disfruten ustedes de esta exposición.

 

Y adquieran las obras, no vaya a suceder que, emulando a Armengol, nuestros amigos decidan celebrar el aniversario de los mil años legando tablero y piezas a Sant Egidi. Mira que les conozco.

 

Abbé Nozal