El principio…

 

Mi vida, nuestra vida, la de Ana y la mía, está en muchos cuadros. Cada cuadro, cada dibujo, tiene su historia y sus recuerdos. La memoria descansa entre fan­tasmas, entre sueños y nieblas que se objetivan en estos cuadros. Aquí viven cuarenta años de historia; desde un 21 de noviembre de 1970 hasta el momento de la selección de esta muestra, arbitraria por sentimental, incompleta por subje­tiva, a mediados de junio de 2011. Y a uno siempre le asalta la duda de no haber elegido bien; de haber postergado, en carpetas y armarios repletos, un cuadro mejor, en beneficio de otro peor. Quién sabe. Antes de ese 21 de noviembre nup­cial había tenido cuadros; pero los que tuve se perdieron en alguna pensión de mala muerte en los aledaños de la Gran Vía madrileña, cuando la Gran Vía era un carrusel de luces, de música y de fornicaciones, con salas de fiesta que perma­necían abiertas hasta la madrugada; o pagué con ellos en un restaurante el vino malo y las comidas económicas, nutritivas si no te destrozaban el estómago. Cam­biar versos por vino es un arte noble que nos enseñó Berceo, “bien valdrán según creo, un vaso de bon vino”. Es lo que algunos pintores, Dios les bendiga, hacían conmigo: cuadros por versos o por unas prosas líricas sobre su pintura en catá­logos que luego los críticos plagiaban sin rubor y sin pagar derechos de autor. Y lo que yo hacía con los camareros de los bares.

Los pintores gustan de los poetas, pues dicen que nadie como ellos es capaz de entrar en los secretos de la pintura. Pudiera ser. Yo, malcriado siempre entre pin­tores, gusto de su compañía por otras cosas; en su estudio siempre había un bo­cadillo, un vaso de vino y un sofá o una cama y una manta a cualquier hora del día o de la noche, sin pedir explicaciones. Mis últimas semanas de soltero las viví en el estudio de Francisco Alcaraz, al lado del teatro Marquina. Y, a ratos, en un rincón de Laxeiro o Pepe Díaz, paredaños casi encima del Café Gijón. Donde esté un pintor, que se quite un poeta. Y no digamos un filósofo. El filósofo arrastra la pesadez amarga de necesitar miles de palabras para decir lo que condensa una metáfora o una pincelada. Cambiar cuadros por comida lo habíamos apren­dido de los grandes genios de la bohemia francesa y de los españoles de la Es­cuela de París, miembros de una dura emigración, lo más parecido a un exilio político. Si me quitaran, si nos quitaran, estos cuadros, que un día anclarán en Palencia, si la ciudad les encuentra digno y hospitalario acomodo, nos quitarían nuestra historia y nuestra memoria. Y sin memoria no somos nada. Por eso hemos decidido unir aquí, en Palencia, la memoria antigua de mis gentes y la memoria pertinaz de mi vida de escritor.

Hace unos meses Rafael del Valle sugirió la posibilidad de esta exposición que aceptó jubilosamente mi amigo Heliodoro Gallego. Y yo, en tratándose de teatro y la Fundación Caneja, si lo dice Rafael del Valle me tiró de cabeza al río Carrión, sin saber nadar. Junto al Carrión he visto que me han puesto una placa para un paseo inexistente todavía, pero hermoso y virgen. Lo más grande, lo más bello, empieza por no existir. De esa forma empieza a definirse a sí mismo, a veces en contra de la propia voluntad: como un poema o un cuadro.

Javier Villán

 

 

                

El final…

 

Cuando Rafael del Valle propuso la idea de una exposición, a raíz de unas primeras donaciones nuestras a la Fundación Caneja, la idea me pareció magnífica y la apoyé sin pensarlo. He visto crecer, cuadro a cuadro, y

a veces con temerarios sacrificios, esta colección. Después me fui dando cuenta de que est

a muestra era una forma de desnudar mi vida, cosa que no me hizo ninguna gracia. Soy reacia a contar mis aventuras que son exclusivamente mías, incluso huyo, todo lo que puedo, de testimonios gráficos, sean fotografías o vídeos; y eso que mi profesión de periodista me ha mantenido más de treinta años en el mundo de la imagen, concretamente de la televisión. Así que me surgieron todas las dudas del mundo; al final acepté el compromiso como un homenaje, no a mi vida ni a la de mi marido, sino a la de todas aquellas personas que me quisieron y a quien quise y que me siguen acompañando, aunque hayan muerto. A fin de cuentas ellos también fueron testigos, a veces perplejos, de cómo evolucionaba nuestra vida y cómo la casa se llenaba de libros y de cuadros. A mis padres, Gabi y Domingo; mi padre me dio, entre millones de cosas, la mitad de mi sangre, palentina, aunque no nací en Palencia. Mi madre, perdida en su demencia senil, defensora siempre de Javier incluso en la cuestión de los cuadros de Caneja que siempre he considerado míos. Cuando le decía que si me divorciaba me quedaba con los cuadros, respondía “hija, no serás capaz, son más suyos que tuyos aunque legalmente sea al revés”. A mi tía Rosario, hermana de mi abuela y madre de Javier que apenas llegó a ver nada de esto, pero cuya encomienda de cuidarle he procurado cumplir siempre. A mi cuñada Concha, abducida por el Alzheimer, que fue mi madrina de boda y que, aunque se peleaba con su hermano, estoy segura de que se alegraría de ver esta exposición. A Arturo, recientemente fallecido, que quiso tanto a Javier. Y, sobre todo, a Juan Manuel Caneja y a Isabel Fernández Almansa con quienes viví mo­mentos fundamentales para mí. Isabel y Javier se bebían cosechas enteras mien­tras cantaban y hacían gamberradas o daban un mitin político; mientras, Juan Ma­nuel y yo callábamos, mirábamos y nos mirábamos. Recuerdo los juegos de Isabel y su hermana Gloria en los que figuraban que Ja­vier y yo éramos sus hijos y cada una defendía al suyo que ninguna había tenido; yo era hija de Gloria que ponderaba mis cualidades e Isabel hacía lo propio con su vástago, Javier. Al final nunca había acuerdo. Como no lo habrá entre los que visiten esta exposición que es la historia de un largo viaje que empezó con un re­trato de Che Guevara grabado a fuego en una tabla, a cambio de una botella de coñac, y que termina, de momento, en la Fundación Caneja junto al legado de Juan Manuel e Isabel.

Ana Merino