LA NECESIDAD DE PINTAR

 

 

            Cualquiera que haya seguido la trayectoria de Narciso Maisterra en el mundo de la pintura habrá podido darse cuenta de que nos encontramos ante un artista impecable e implacable. Impecable cuando lleva a cabo –o debiera decir llevaba- sus magníficos paisajes e implacable cuando se centra en sus desnudos inmisericordes, esos cuerpos en los que la erosión del tiempo queda  tan explícitamente clara como si estuviésemos contemplando un fenómeno, más geológico que biológico, del que nosotros mismos formamos parte.

 

            Y es que la opción de Maisterra a la hora de pintar, opción radical por otra parte pues no responde a intereses comerciales, ni de fama, ni –me atrevería a decir- únicamente estéticos, sino más bien vitales, esa opción es casi un viaje de ida y vuelta que rebota en quienes contemplamos sus propuestas y nos percatamos de la necesidad de optar también ante lo que vemos y dejar a un lado la indiferencia con la que muchas veces contemplamos una obra de arte, para implicarnos en lo que desde ella emana como si fuese una prolongación de nosotros o de lo que seremos con el transcurso del tiempo.

 

            Pero es que Narciso, hoy por hoy, ya no solo opta, sino que necesita, pues tras su particular y dolorosa toma de conciencia de sí mismo, sus circunstancias vitales le han servido como acicate para profundizar en su pintura, para pintar más y, si cabe, mejor, porque ahora no lo hace ya como una opción fundamentalmente estética, sino para sí mismo y desde sí mismo, por pura y simple necesidad de hacerlo. Él es muchas veces el modelo que repite una y otra vez sin ninguna piedad para con su cuerpo. Sus manos ahora casi vuelan dibujo tras dibujo, en una actividad que no es compulsiva ni febril, sino de decidida vocación por ir dejando una estela de obras a las que se entrega en cuerpo y alma, yo diría incluso que a modo de terapia o de antídoto ante la inexorabilidad del tiempo y la constatación de que por mucho que nos quede, siempre será poco.

 

            Y claro que podemos rastrear en él –en quién no- adscripciones, influencias y afinidades, pero no nos cabe duda de que a quien más se parece, a estas alturas de su trayectoria y más aún desde su reciente catarsis, es a si mismo.

 

            Ahora sí podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Narciso Maisterra es y pinta como Narciso Maisterra.

 

JULIÁN ALONSO

Miembro de AECA (Asociación Española de Críticos de Arte)