Félix de la Vega

 

Cómicos de la legua y de la lengua.

 

Por Javier Villán

 

 

Me encuentro en esta fastuosa muestra de medio centenar de cuadros a un insólito Félix de la Vega metido con ardor y  conocimiento en el mundo del teatro; ecos de chácena y penumbra de bambalinas podría titular  esta exposición cualquier  persona  que haya jugado al escondite con los misterios y pasiones  que se viven  entre cajas. Es otro territorio y otro mundo distinto al que se percibe desde el patio de butacas. Aunque hoy día términos como chácena, bambalinas y patios de butacas no significan lo que significaron. El mundo, la estructura del teatro es otra; se hace otro tipo de teatro y el lenguaje responde a una nueva realidad.

También podría rotularlo, robando títuloAgustín de Rojas, El Viaje entretenido el más fiel y gracioso relato que hiciera hace siglos  escritor tan apegado a los gozos y penurias  de la farándula. Ha cambiado el paisaje, pero no ha cambiado el ajetreo de la vida. En El viaje entretenido  o en El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez  parece haberse inspirado este pintor de la tierra de los Berruguetes, del Marqués de Santillana, de Jorge Manrique. Y del tío de Jorge,  Gómez Manrique, señor de Amusco, que con su Representación del nacimiento de Nuestro Señor y Lamentaciones fechas para Semana Santa es considerado el inventor del teatro español o, al menos, un precedente incuestionable. Estas son en buena medida, las raíces la  iconografía de Félix de la Vega y sus cómicos descomulgados. Alguno de esos cómicos están hoy en las Academias y por eso hemos dado en llamarlos cómicos de la lengua. Cómo cambian los tiempos.


Mimo. Óleo/táblex; 80 X 60 cm.


Cómicos y farandules; cómicos de la legua,  aquellos que no podían ser enterrados en sagrado y eran obligados a acampar a una legua de las ciudades como rechazo de una vida que se suponía depravada e inmoral. Hoy los actores, incluso estos cómicos descalzos de Félix  de la Vega, entran en los palacios y no como objeto de mofa, diversión o escándalo, sino como ejemplo de ciudadanía irreprochable. Pero está claro o a mí me lo parece que Félix de la Vega está más cerca de los perdedores que de los triunfadores cortesanos.


 Se nota el afecto de Félix de la Vega por estas gentes  que, aunque mueran en un escenario como Moliere, nunca podrá decirse que murieron con las botas puestas porque no tienen botas. Se nota también el conocimiento que Félix de la Vega tiene de la historia del teatro y algunas de las grandes obras  que lo componen y en  las que se inspira. Pero estas razones,  afectivas  unas y conceptuales otras, no han de ser tenidas  demasiado en cuenta a la hora de valorar un cuadro; estas piezas construyen y explican una dramaturgia, pero son pintura; es decir, otro lenguaje distinto y autónomo. En un cuadro importa  poco la historia que se pretende contar porque la pintura es ante todo un arte óptico y sensorial. Pero hay una rara poética dramática y pictórica que hace del  espacio del lienzo un equivalente al espacio escénico; importan, como en el teatro, el color y la distribución de los elementos del cuadro, y la escenografía y la iluminación. Y cuenta, por encima de todo,  el trazo magistral, las veladuras, la materia, la abstracción de su densidad; el carácter eminentemente visual del teatro y la organización de  cada centímetro del cuadro, como el director que organiza los distintos planos escénicos.

 Félix de la Vega, con el manejo de lo grotesco, el expresionismo radical y la ironía que, a veces, llega al sarcasmo, se define en una línea de pintor que creará escuela; por mucho que en pintura esté prácticamente todo dicho e inventado y todas las escuelas descubiertas. Importan no tanto la revolución como una tradición asumida y transformada.

Conocí  a Félix de la Vega por sus toreros pobres, descalzos y tristes; de una mediocridad campesina atormentada y menesterosa; con una maleta desvencijada en una mano y llamando con la otra a una puerta en que se lee: “Oportunidad”. Está claro que la única oportunidad para tan patéticas figuras era administrar su hambre.  Y allí estaban perdidos entre el polvo y la penumbra de un sótano de una galería de arte. Siempre supe que Félix de la Vega no era un pintor taurino al uso. Más bien un pintor que toma a un torero menesteroso y derrotado o a un picador al que han rebanado una oreja, como pretexto para indagar en las raíces del alma humana desasistida. Siendo Félix de la Vega deudor  de un expresionismo de raíces solanescas y goyescas, no es un deudor de nadie. Sus raíces son solo suyas, en toros, en teatro y en cualquier otro tema que se proponga.

 Félix de la Vega es su raíz propia, su escuela, su desarrollo y su cumbre. No hay filiaciones ni fuentes ajenas a una iconografía de la que es creador y epígono, maestro y discípulo. No se parece a nadie, este es el primer rasgo de su pintura; una pintura muy pegada a la tierra, que exhala, sin embargo, una profunda espiritualidad. A veces hay el destello agridulce de una ironía fugaz, con más proclamación de moralidades que de sutilezas, pues la pintura de Félix de la Vega es tremendamente seria. Por ejemplo en el picador, que se dedica a alancear transeúntes por la calle de Alcalá, hay una rebelión del secundario, del subalterno siempre tapado. Este picador está sacado de El torero Caracho, novela de Ramón Gómez de la Serna.

 Ahora a Félix de la Vega me lo encuentro pintando el mundo del teatro, recreándolo, reinventándolo; porque aunque los cuadros de Félix de la Vega contengan una historia y sugieran una leyenda o un sentimiento no es una pintura literaria, no tiene anécdota ni es anécdota. Es eminentemente sensorial. Y hasta espiritualmente olfativa.