LAS MANOS DEL ALMA

 

María José Rodríguez Escolar (Palencia, 1964) lleva años trabajando quedamente en su particular recuperación de la memoria. Esta exposición nos permite apreciar sus obras últimas, centradas en la perduración de los cuerpos y los seres que la han rodeado.

La relación entre la fotografía y la pintura ha sido siempre conflictiva. En muchos casos, desde Theodore Robinson en el s. XIX al belga Luc Tuymans, por poner dos ejemplos notorios, se ha puesto en cuestión la aportación del pintor, obviando que la clave no está en la mímesis, sino en cómo se asienta la imagen en la conciencia del contemplador. Más allá de que el pintor tome el punto de vista unifocal de la cámara o, como hiciera ya Degas con sus bailarinas, la use para detener el giro del mundo en una “instantánea”, la representación que el artista consigue con sus manos posee una consistencia, un “espesor temporal”, como lo denomina Hockney, que difícilmente puede alcanzar una fotografía, fragmento desprendido de la luz que bañaba un solo momento.

Heidegger reconocía también este proceso en sus Sendas del bosque. Del mismo modo que el poeta sería el “lugarteniente de la nada”, el filósofo alemán encargaba a la pintura salvar la memoria de las cosas, porque sólo ella permitía la apertura del yo a la representación. La serie “Kodak” que María José R. Escolar ha realizado estos años recientes se dedica a rescatar precisamente el presente perdido en instantáneas familiares de los años 70. Gracias a su dedicación, a su ofrenda de tiempo propio, consigue volver a otorgarles presencia, tanto ante ella misma como ante cualquiera de nosotros.

Esa aparición del mundo vivido en la pintura de María José Rodríguez Escolar nos retrotrae a la Escuela Holandesa del s XVII de la que, no casualmente, se adivina aprendizaje en técnica y mirada. Así como aquellos maestros nos han preservado el brillo de aquellos adoquines y, sobre todo, la demora sobre ellos de sus habitantes, la pintora palentina consigue sostener en sus retratos a la vez la vibración del yo escondido y el esplendor de la piel durante aquella hora desvanecida.

Decía Leonardo en su Tratado de Pintura que el pintor debía estar atento porque si se descuidaba terminaba pintando sus propias manos en las figuras de sus cuadros. María José Rodríguez Escolar hace explícita esa traslación de sí misma en varias de las obras de esta exposición, donde retrata del natural su manos con una paleta muy reducida. En estas y en otras manos anónimas que se distribuyen por los muros, procedentes de los muchos paisajes y fronteras por los que ha transcurrido la vida de esta pintora sosegada, hay asimismo una voluntad de memoria que se emparenta con las primeras pinturas rupestres de manos aerografiadas. Una referencia que la propia pintora ha querido hacer visible en una de las obras de gran formato que conectan sus diferentes retratos de rostros y de manos.

Dice Pico de la Mirandola en su Oratio sobre la dignidad del hombre que la filosofía “lavará” las “manos del alma”, en las que residen las “potencias sensitivas”. En el caso de María José Rodríguez Escolar, es la pintura, su atención y cuidado, la que limpia de olvido las “manus animae” que podemos contemplar en esta exposición.

 

Por Alfredo Mateos Paramio