LA OCULTA SINTAXIS DE LAS COSAS

 

Si la poesía se corresponde con cierta capacidad para ver más allá de las apariencias y descubrir ‘detrás’ de la ‘realidad’, o más allá de ella, aquello que pasa desapercibido a una mirada apresurada, estaríamos de acuerdo en considerar a Fernando Zamora un gran poeta, aunque no conociéramos ninguno de sus libros del ‘género’. Aunque jamás hubiéramos leído una postal suya con un mensaje como «esta calle/ se desvanece en labios». Y sería así por su capacidad para descubrir que una simple caja de madera de las que transportan botellas de vino, un clavo herrumbroso, junto a otros colegas similares, que un desecho de algún objeto en su día útil encontrado en el campo o al borde del mar, bien acompañados por otros de igual transcendencia, pueden componer con la sintaxis adecuada un juego, una llamada, un atisbo de reflexión de los que dejan el ánimo en puntos suspensivos.

 

Fernando Zamora, que no se prodiga, que aparece de puntillas de vez en cuando, dejando un libro, un poema visual, un poema de ‘carne y hueso’ o de madera y metal, ha exportado de su estudio algunas de sus ‘piezas de cámara’. Y las ha diseminado por las salas de la Fundación Díaz Caneja, demostrando, sin querer hacerlo, que el arte contemporáneo que tan bien se ajusta a la transgresión de los géneros, puede inquietar sin gritar, puede sorprender con la mínima retórica, puede invitarnos con suavidad a abandonar el camino conocido y aventurarnos por sendas sin señalizar.

 

Es difícil y quizá poco importante saber si fue antes el dibujante y pintor o el escritor. Son actividades que junto a su profesión de médico (la mano y el ojo del cirujano se ven en tantas piezas) han corrido paralelas a lo largo de su vida. Pero se han encontrado en no pocas ocasiones. Esos puntos de contacto fundamentales son la poesía visual y los objetos: estas cajas, que tan humilde pero contundentemente hablan de su filosofía de la vida, o esas pinturas o pequeñas esculturas que trascienden el espacio asignado y desafían la lectura acomodaticia de las cosas. Como un aforismo.

 

En Fernando Zamora se da una atractiva mezcla de intuición y conocimiento de la historia del arte, capaz de rastrearse en las obras expuestas cuyas referencias recorren un largo camino desde la abstracción geométrica al ‘objeto encontrado’, pequeñas dosis dadaístas y otras más grandes de surrealismo, ese surrealismo poético y ensoñador cuyas influencias permanecen décadas después de su establecimiento canónico. Hay citas expresas, como sus homenajes a Modigliani, o sus referencias a Bacon y a Rembrandt, referencias que en ocasiones –y esta es otra de sus constantes, otro parentesco surrealista– están teñidas de ironía y un inteligente sentido del humor. Y otras implícitas, homenajes apenas desvelados (‘Carta desde mi celda’). Traer aquí a colación a Cornell sería casi una obviedad, pese a sus claras diferencias, pero no es el único parentesco rastreable. Ángel Ferrant asoma nítido en algunas de sus propuestas, siendo como son, tan personales e intransferibles. Les une la capacidad de hacer respirar con otro aliento materiales arrumbados.

 

La primera caja de Fernando Zamora que apareció en público fue un homenaje a mediados de los ochenta al poeta, palentino como él, Gabino Alejandro Carriedo. En concreto a un poema suyo titulado ‘Ejercicio de eras’ en el que las piedras eran protagonistas. Zamora presentó un tríptico lleno de piedras que tenía ya algo religioso. Apuntaba así un rasgo que aquí se muestra en amplitud: uno de los estímulos de Fernando Zamora es el arte popular y sus raíces en las devociones. Siente fascinación por los exvotos que llenan rincones en las iglesias de los pueblos, por esas capillitas que devotamente recorrían las casas en pos de una oración y una limosna. No se debe salir de esta exposición sin detener la mirada en sus ‘capillas portátiles (para agnósticos)’. La señalada con el número I es de un exquisito minimalismo pitagórico. Y también hay referencias bíblicas como la escala de Jacob que inspira varios objetos.

 

Las referencias a la escritura son constantes también en este recorrido que empieza en los finales de los ochenta y termina ahora mismo. Las bibliotecas, las cartas… Hasta en una pieza como ‘Mudéjar’ cuyas referencias estéticas son el taqueado jaqués románico tiene en su composición el ritmo de un poema.

 

Zamora dispone las piezas de dos en dos, de tres en tres, creando, aunque sin plantearlo formalmente, polípticos o retablos, como en sus ‘tablas votivas’. Así, las bibliotecas, las ‘tablas de salvación’, los relicarios… No están sus libros de artista, pequeñas joyas que deberán exponerse más pronto que tarde. No deberían pasar años antes de volver a dejarnos seducir por su obra.

 

ANGÉLICA TANARRO

Escritora, periodista y coordinadora