L a   m i r a d a   p e r d i d a

 

 

Tumbarse como Lapido, en el suelo, para oír crecer la hierba. Oler el verde de las plantas, cada una de un verde diferente, caprichosas en sus formas. Aquellas vulgares, las más humildes, prontas a convertirse en tierra de nuevo hasta olvidar su nombre. Esas son mis favoritas. Descubrir en ellas un microcosmos universal de formas marchitas y el color de la tierra negra al final de su tiempo.

 

Empaparse de agua desparramada en mil charcos que aquí son mares. Cielos boca abajo mirándose en los árboles. Espejos. Frondas asomándose al agua. Árboles  que nunca estuvieron allí, entre la tierra líquida y el agua quieta, como de piedra verde.

 

 

Maleza enmarañada, exquisitas celosías, laberintos entrelazados en nudos de zarzas imposibles pugnando en el caos por tocar la luz; donde los hijos prosperan a costa de sus propios muertos. El círculo se cierra en cada estación. Siempre es lo mismo. Nunca igual.

 

Verdes, tierra y agua: horizontes disueltos en el aire. Contornos inciertos donde el suelo se funde con el cielo. Mágica ventana que invita a zambullirse al otro lado de la pintura. El pintor sólo hace la mitad del cuadro, quien lo contempla pinta el resto: es el cómplice perfecto. El que mira es quien concluye la obra; no en vano es él quien la  hace suya cuando sueña cosas que el autor jamás imaginó.