LA PENÚLTIMA

 

Un artista nunca deja de serlo y aún con más razón, si ese artista es alguien tan vital como Ángel Cuesta Calvo. No podía dejarnos huérfanos de su arte y, como esos viejos toreros que se cortan la coleta para reaparecer de nuevo transcurrido un tiempo, ha regresado como quien regresa de un largo viaje en solitario, para mostrarnos que durante estos últimos años no ha permanecido ocioso. Más aún, no ha dejado de trabajar compulsivamente, manteniendo viejos frentes hace tiempo iniciados y abriendo constantemente otros nuevos para saciar su incansable curiosidad.

El poeta griego Constantino Kavafis, inicia así su poema “Itaca” “ Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias, en conocimiento…”, pero el viaje es eso que sucede mientras avanzamos por el camino y el lugar hacia el que nos dirigimos es, en el fondo, una simple excusa para seguir caminando. Lo que de verdad importa, no son los pasos que damos ni los kilómetros que recorremos, sino la sabiduría que adquirimos durante el trayecto.

            Lo que nos espera tras la próxima curva o después de la siguiente colina, es incierto. Puede ser gratificante o no, pero siempre nos reportará alguna enseñanza que engrosará nuestro equipaje vital.

            Largo, rico en experiencias y conocimiento ha sido el viaje personal de Ángel Cuesta. Hombre curioso, ha recorrido muchos caminos –físicos, interiores, artísticos- y visitado tantos lugares que otro que no fuera él, no los recordaría.

            En todos ha dejado algo de sí mismo y de todos ha recogido algún fruto, casi siempre provechoso: manzanas del árbol del Paraíso, naranjas del jardín de las Hespérides, cocos de islas perdidas, especias varias con las que condimentar sus variados guisos artísticos.

            Ha paseado por Montevideo –donde se endulza la mar-, fue gallego en Buenos Aires y español bigotón en las mismas tierras que pisaron por primera vez los hombres de Cortés, contempló los confines del mundo habitado en Ushuaia, con su perro Bugui-Bugui en la memoria, llenó sus ojos de los mismos molinos que fueron testigos del paso de Brueghel el Viejo y Vincent Van Gogh, ha visto su imagen reflejada en el espejo sucio de los canales venecianos y sin temor a los temibles Lestrigones, retrató el puerto de Siracusa, tan diferente del que Arquímedes defendiera frente a las legiones romanas. Eso y mucho más nos enseña en su actual exposición.

            Pero no sólo eso comparte con nosotros. En una muestra amplia y seguramente caótica para los puristas, despliega casi toda su inagotable panoplia de maneras y modos de pintar, desde la figuración al manchismo y desde lo constructivista a lo abstracto. Reproduce imágenes familiares de abuelos, padres, nietos o su ineludible hijo Miguel Ángel, plasma rincones queridos y añorados de la ciudad, algunos sólo existentes ya en su memoria, es políticamente incorrecto en su apología del tabaco, reproduciendo cajetillas míticas o inventando otras con las efigies de sus mitos del cine o rostros de amigos colados de rondón, se autorretrata no sólo con su rostro sino también con las herramientas propias de su oficio de delineante, en una elipsis gráfica que siempre conduce a sí mismo. Nos abruma con su producción incansable, aporta unas pocas propuestas en tres dimensiones con la inclusión de pequeñas esculturas en madera pintada y la novedad para el público de varias cajas de cartón decoradas con propuestas geométricas, reticulares o constructivistas, pero curiosamente excluye los dos modos que le han dado más fama: la acuarela sepia y las arenas. No importa, nadie va a echarlas de menos ante la apabullante cantidad y variedad de obras que cuelgan de las paredes de la Fundación Díaz Caneja.

            De dónde le vienen la energía y las ganas de trabajar, es cosa suya. Nuestra, disfrutar de su obra penúltima. Siempre penúltima.

 

JULIÁN ALONSO