“Exposición Antológica”

Félix de la Vega

“Exposición Antológica”

Es ésta una antología deshojada, huérfana, extinta. De esas que se rumian en los bajos fondos de una herida, esperando agazapada y silenciosa, liberar el vuelo del alma. Con sólo un vistazo, el corazón se agita, hambriento de más, y clama por adherirse a los pliegues de esta Arcadia taciturna, donde lo grotesco inflama más que la belleza y donde nadie calza zapatos, sino esperanzas marchitas. Entre sus ocres pinturas, no existe marco capaz de enjaular a los “vagamundos” sin camino y a los sacristanes que se extravían, pues es éste un cosmos de polvo y ruina, un bestiario de lunáticos sin luna, donde la risa se guarece tras barras de taberna, preñada de fingidas primaveras, ebria de mala fortuna. Así es la pintura de mi padre, una ráfaga de humildad que te entusiasma o te tumba, un sortilegio embriagador, donde la locura se deshace en cordura y donde las buenas intenciones sucumben a los “balas perdidas”.

Por eso debe rumiarse a sorbos y en soledad, dejando que esta crónica a pinceladas asalte nuestra maltrecha rutina y nos desnude las entrañas con su verdad. Y tal vez así, paseando sin prisa entre estos seres de mirada cetrina, vulnerables de corazón, fieros de melancolía, se cautericen, por un momento, los sinsabores de la vida. Porque irremediablemente nos suscitarán compasión sus figuras peregrinas, esas que comparten tanto los héroes en retirada como los náufragos sin isla. Y en ese preciso momento descubriremos por qué nos inquieta y atrae tanto su pintura: porque en ella, todos los descarriados del mundo tienen cabida, y quizás, el género humano, nunca ha dejado de sentirse un poco Judas. A fin de cuentas, en lo visceral de esta antología, se esconde la fragilidad más ruda, la efímera libertad de un mañana que peligra, como si Félix siempre hubiera sabido que los hombres somos de lodo y ceniza, paradojas andantes sin coartada ni salida.

Y es que a veces, el arte no es sólo arte, es poesía, es magia, es amante. Cuando esto ocurre y el arte hace suyo al artista, no importa que la muerte los distancie mientras uno de los dos sobreviva. De esta manera, Félix de la Vega aún vive en su pintura, entre celestinas virginales y doncellas disolutas, entre reyes de arrabal y mendigos de alta alcurnia. Y así, traspasando los límites de lo pasajero, nace el arte con mayúsculas, un arte que vulnera, que trasgrede, que sangra, un arte que duele cuando el artista falta, pero que, al mismo tiempo, consuela y cicatriza el alma. Así pues, busquémosle en esta antología deshojada, huérfana, extinta. Y al encontrarle, no olvidemos decirle que ya forma parte de lo eterno, pues él siempre fue, y será, arte más que artista.

 

Alicia de la Vega