“Demonios en el Jardín”

Carmelo Camacho, Patrick M. Fitzgerald y Antón Hurtado

“Demonios en el Jardín”

Al páramo castellano, cuando se llega, siempre se llega solo. Debe ser que el viento fuerte y libre de barreras, que se presenta aquí desde cualquier sitio, se encarga tercamente de limpiar un paisaje que lleva siglos llenándose y vaciándose; o que el cielo enorme se traga al hombre, abismándolo hasta dejarlo en sombra o en recuerdo o en eco de hombre o en piedra o en simple tentativa; o que esta tierra cargada de rojos y de blancos y de grises imposibles por reales y de verdes oceánicos, y de amarillos, solo respira, quizá obligada por soportar el peso de la erosión y la tortura, cuando todo en ella es silencio o casi nada, o nada, o acaso todo. Por eso uno descubre, tarde o temprano, que se traga continuamente este paisaje magnético y callado, también al hombre que lo mira, sin satisfacción ni remordimiento; que lo olvida o lo pierde como quién olvida o pierde algo que sabrá siempre que podrá recuperar, y que no le importa mucho entretenerse en ese tipo de juego sin solución. Descubrir el quiebro, la callada estrategia de desgaste, hace que, de alguna manera, y escapando, presumo, del vértigo que supone conocer esta argucia de indudable peso metafísico, transformemos todo el basto paisaje castellano en un jardín, pues el jardín implica un autor, un cierto orden y el orden, inevitablemente, esconde siempre al hombre, al hombre que se perdía, que ya comenzaba a disolverse transformándose en cosa, en viento, en piedra, en brillo sobre los campos de cebada, en nubecilla, en cielo estrellado, en palomar de adobe, o en un millón de flores explotando el mes de mayo una vez han descargado las primeras lluvias, en un solo árbol peleando solo contra el tiempo y el peso terrible de la historia, o en el sonido extraño de las campanas o de las acequias o de las corujas cuando, muy entrada la noche, nadie las escucha. Qué se yo.

Ahora bien, llegado a este punto, y pasmado ante su ordenada planta de jardín, el paisaje castellano, como casi todo paisaje que se siente acondicionado, siempre se anima cuando le crecen los demonios.

De esta manera, jugando al acecho y en órbita, ahora, sobre el jardín castellano, Carmelo Camacho se construye, y nos ofrece como regalo, un parapeto de colores tras el que refugiarnos ante la sospecha de un nuevo noviembre que llegará, como siempre llega, cargado de miopías; y también el anuncio de una casa imposible por poco deseada. Gracias a él valoraremos la sobriedad del musgo y también la útil franqueza de las cosas que se presumían frágiles o despreciables; y también llegaremos a descubrir que tras el rosa, que es un color, llega, algunas veces, la más sincera de las revelaciones. Patrick Fitzgerald, por su parte, ajustando el tono hasta llevarlo al límite, nos hará conscientes del cercado o la marca, del regalo que se descubre al frecuentar el límite, del espectro representado que caerá sobre nosotros como una nube negra, o como el resto de un ángulo que se escapa de su propio límite; también de que toda la creación puede concentrarse en un solo punto, en un solo punto azul preparado para explotar; y de que el deseo acecha siempre, silencioso y perpetuo. Antón Hurtado completa el circulo, que siempre quedará abierto, es inevitable, trayéndonos el mar hasta el jardín, un mar cerrado, sintético, atrapado en puerto, y otro abierto, en campo de color naranja, amarillo, como el que la cebada regala cuando madura cargada de sol y de buenos presagios; y también el canto encriptado donde la realidad se transforma en símbolo y en deseo o grito silencioso de denuncia o auxilio; y el paisaje, otra vez, disperso y decantado en fragmentos que lo descifran, como volver sobre un roto recuerdo resuelve, de alguna manera, la deuda que contraemos con el pasado.

Los tres son infiltrados del mismo paisaje, demonios que cultivan el valor y la pintura con el mismo cuidado que dedica quién decide conservar un jardín que nunca, por compartido, le llegará a pertenecer completamente. Los tres, como artistas, viven el tiempo que les ha tocado vivir y poco necesitan para hacernos comprender que su trabajo arrancó hace más de quince mil años y que, precisamente por eso y desde entonces, todos podemos descubrir que, como apuntó Diaz Caneja, “detrás del amarillo canta un pájaro”. Qué más se puede pedir.

 

Edu López