“Non Locus”

Joaquín Millán

“Non Locus”

«Rampa central III» Joaquín Millán

Las etimologías de Joaquín Millán

Los latinos tradujeron la Tecné de los griegos por Arte: «ars» era todo aquello que pudiera aprenderse para el ejercicio de una habilidad que no dependiera de la naturaleza -de donde todavía se oponga lo «artificial» a lo «natural». En el siglo IV Diomedes el gramático dijo memorablemente: «Arte es el conocimiento de cualquier cosa adquirido bien por práctica bien por transmisión y encaminado a cualquier utilidad para la vida». No lamento ni acudir a la etimología -que al fin y al cabo significa «verdad de una expresión»- ni irme tan atrás para hablar de un artista de hoy, porque en sus trabajos, en sus obsesiones, en sus aprendizajes constantes, veo como en ningún otro sitio cómo «la técnica» es un motor constante de expresión particular en la que impera la ambición de retener en el rectángulo de una tabla o en un papel un trozo de mundo que le ha impactado por su belleza geométrica -esos «no-lugares» encontrados en aeropuertos o extrarradios- o su magnífica extrañeza -¿qué es esa armadura rojiblanca perdida de repente en medio del camino?-. Millán se revisita constantemente, nunca está del todo satisfecho, prueba una y otra vez, se envuelve en el paisaje desafiando la incapacidad humana de tener una visión de 360 grados, va por el mundo seleccionando sitios que merezcan poner a prueba su «tecné», su habilidad extraordinaria, su aprendizaje constante, su arte. En esta exposición hay unas cuantas pruebas de lo que digo.

Para empezar, esos palimpsestos en los que, a la manera de las civilizaciones que van construyéndose sobre las ruinas, elevando el terreno, enterrando el pasado, pinta sobre lo pintado hasta alcanzar una superficie de negativo fotográfico bajo la cual hay capas y capas de sesiones anteriores que de alguna manera han sido necesarias para alcanzar el resultado aparentemente final, pero por lo mismo, quedan a la vista tapando lo que hay debajo y se presenta siempre como provisional. Realizados con un rotulador de color plata iridiscente lucen sobre páginas fracasadas que han sido anegadas por una capa de tinta china. Dan idea de cómo el arrepentimiento, la duda, la insatisfacción acompañan al pintor desde el momento en que empieza a elaborar una obra.

Para seguir, la ambición de alcanzar «le mot juste», la expresión perfecta. Esas visiones de un mismo lugar que parecen repetir hasta la extenuación -y son sólo una selección- cómo el artista -o el artesano, aquí da lo mismo una cosa que otra, no es lo importante- se ha obsesionado con un lugar en el que la danza de rectas y curvas parecen cantar aquello que se inscribió en la puerta de la Academia platónica: Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω “No entre aquí quien no sepa Geometría” . Nadie ha sabido como Millán hacernos oír el poderoso silencio de esos no-lugares en los que la ausencia de humanidad es sólo aparente, porque esos sitios son, por supuesto, humanos, demasiado humanos, a pesar de esa gelidez de su emocionada geometría, trasplantada a las obras de Millán con una potencia memorable. Desde que empezó a construirse, Millán visitó asiduamente las rampas circulares del aparcamiento de la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez. Un espacio metafísico -a pesar de su cotidianeidad. Solitario, no transitado por peatones, sólo recorrido con prisa por coches de viajeros que parten hacia otros lugares o llegan de cualquier sitio. Rampas que rodean una especie de conjunto vegetal abandonado, plantas salvajes y hormigón: ahí obtiene Millán esas perspectivas que apuntan hacia dentro y generan una cruz de San Andrés, en forma de equis, que se transforman y dinamizan en sus diferentes tramos por el trazado circular de las rampas. La repetición del espacio circundante a medida que se asciende o desciende, permite visualizar diferentes estados de iluminación que transforman su volumen estable ocasionando diferentes paisajes de luz y color entre las bandas horizontales de sus paredes. En ese lugar, ha encontrado Millán una magia que acaso nos hubiera pasado desapercibida sin su mirada obsesiva.

Esa gelidez se compensa sabiamente con las estampas urbanas: Londres, Nueva York, Madrid, Roma, Berlín o un punto singular del Camino de Santiago. Millán va cazando gigantes con ese afán suyo de hacerse paisaje, incrustarse en el paisaje, convertir su mirada en paisaje a través de su arte, es decir, de un conocimiento adquirido por cientos de horas de práctica, y muchos siglos de transmisión: Millán sabe que viene de una tradición y la involucra en su propia tarea. Una tarea apasionada, porque Millán es pintor las 24 horas del día y los siete días de la semana. Cada uno de sus cuadros está sustentado en una labor constante, decidida y crítica. Por eso son tan interesantes sus bocetos, las páginas de sus cuadernos, sus apuntes: ahí nos asomamos a la cantera de un observador privilegiado que lee cómo la luz va transformando los edificios, envolviendo lo cotidiano en una magia que, al quedar detenida en la obra, también nos envuelve a nosotros.

Como todos los artistas verdaderos, conscientes de la utilidad del arte, por repetir al gramático Diomedes, Millán nos enseña a mirar, a estar atentos. Lugares por los que hemos pasado muchas veces, ahora quedan consagrados -es decir: envueltos en un secreto- por una mirada que al fijarlos tan lúcidamente, les da una intimidad, una fuerza, un fulgor, que nos involucra y nos ilumina. La luz escribe el mundo. Millán se dedica, incansablemente, a leérnoslo.

 

Juan BONILLA